Archivo diario: 25/julio/2011

“La esclavitud es un trauma fundacional” (desde El Espectador)

Desde El Espectador publican este interesante artículo:

“La esclavitud es un trauma fundacional”

Incluso en un país desmemoriado, sorprende el silencio sepulcral sobre una de las experiencias fundacionales de la sociedad colombiana: la esclavización de decenas de miles de seres humanos traídos forzosamente, como mercancía, desde la costa occidental de África.

Aparte de un puñado de láminas en textos escolares olvidados, son escasos los rastros en la conciencia colectiva del origen de al menos cinco millones de ciudadanos que se reconocen como afrodescendientes, o del lugar central de Cartagena en el despegue del comercio transatlántico. El mismo que llevó a la deportación forzada de 12,5 millones de africanos a las Américas a lo largo de 366 años y que constituye “uno de los crímenes contra la humanidad más grandes de la historia”, como concluyó recientemente el historiador David Brion.

El resultado no es sólo la falta de datos históricos básicos. Es también la ausencia de una discusión abierta sobre los efectos actuales del legado de la esclavitud. Afortunadamente, la situación parece estar cambiando. Los estudios internacionales ofrecen un panorama más completo, como el de la base mundial de datos sobre el tema que llevó a la publicación reciente del Atlas del comercio esclavista trasatlántico (slavevoyages.org).

La ONU declaró el 25 de marzo como el Día Mundial de las Víctimas de la Esclavización. En Colombia comienza el debate que se ha dado en otros países sobre reparaciones a los afrodescendientes, como lo muestra el importante trabajo dirigido por Claudia Mosquera y Luiz Barcelos (Afrorreparaciones), que se suma a un número creciente de estudios sobre la historia afrocolombiana. Destacan los de Alfonso Múnera, historiador y vicerrector de la Universidad de Cartagena. Sus libros Fronteras imaginadas y El fracaso de la nación son reconocidos estudios pioneros sobre  los esclavizados y sus descendientes en la construcción de la nación.

César Rodríguez G. : ¿Para qué hablar sobre la esclavitud hoy?

Alfonso Múnera: En todas partes hay quienes dicen que mirar el pasado  es una manera de obstaculizar el progreso. Recuerdo la respuesta del filósofo Jürgen Habermas en el debate alemán sobre la herencia del fascismo hitleriano. Él decía que esos momentos terriblemente traumáticos que marcan la historia de un pueblo no se pueden superar simplemente olvidándolos. En la nuestra, la esclavitud es uno de esos traumas fundacionales. Hay que valorar y difundir las circunstancias y las experiencias históricas, porque sólo en la medida en que ciertas verdades se vuelven colectivas, logramos, ahí sí, empezar a superar esos traumas.

El trauma fundacional de la esclavitud sigue pesando de manera aplastante sobre miles y miles de seres humanos, a quienes redujo a una condición de inferioridad, les negó posibilidades y los puso en circunstancias de enorme desventaja. Hay que partir de ese reconocimiento porque ese trauma está detrás de la marginalidad, la exclusión y la miseria de la gran mayoría de los afrocolombianos.

C.R.G.: ¿Qué efectos tiene hoy la herencia de la esclavitud?

A.M.: Haber tenido esclavitud durante más de tres siglos generó un modo de sentir, un modo de pensar, de imaginarse las relaciones entre los seres humanos, unos valores, unos sistemas de jerarquía. La herencia que nos dejó fue ese sentimiento y esa racionalización hacia los esclavos y su descendencia, que estaba signada por el hecho de considerarlos seres inferiores. Creo que todavía cargamos con ese terrible lastre.

Pero también la migración forzosa, inhumana, de cientos de miles de personas que llegaron a nuestras costas, ha sido una influencia decisiva en otros aspectos profundamente positivos. Nadie podría negar que la cultura colombiana está marcada por esa riqueza de la diversidad, en la cual el aporte de los africanos y sus descendientes ha sido definitivo. No me refiero sólo a la música y la danza. Me refiero a otras cosas igualmente profundas y que han ejercido una influencia muy benéfica: las cosmovisiones de los africanos, su modo peculiar de entender las relaciones humanas, todo ese equipaje cultural que difundieron.

C.R.G.: ¿Qué significa la esclavización en la historia colombiana?

A.M.: Significó la vigencia de un sistema de trabajo, de unas relaciones de vida y de una cultura que dominó la vida colonial y se extendió hasta mediados del siglo XIX.

A veces se olvida la verdad elemental de que la economía colonial se sostuvo básicamente sobre los hombros del trabajo de los esclavos. No sólo la minería del oro y de la plata, que fueron la base de esa economía, sino también las grandes haciendas, tanto azucareras como ganaderas, o el transporte de la vía principal, que era el Magdalena. La esclavitud no fue una cosa accidental ni menor; estuvo en el centro mismo de la vida de los colombianos de aquel entonces.

C.R.G.: ¿Hay alguna relación entre el olvido colectivo sobre la esclavitud y la opinión de que en Colombia no hay racismo?

A.M.: Siempre ha habido debate sobre qué fue prime ro, si la esclavitud o el racismo. Creo que hoy tenemos claro que el racismo es una consecuencia de la esclavitud, una de las más perversas. Lo que pasa es que en Colombia se construyó exitosamente una ideología, unos imaginarios que pretendían convencernos de que el proyecto del mestizaje había creado la base sólida de la nación. Detrás de eso se ocultaban las prácticas discriminatorias y profundamente racistas contra negros e indígenas. Así se creó una especie de sentido común, según el cual no había existido racismo en Colombia, o tuvimos un racismo más benévolo, como si hubiera racismos más benévolos que otros. Por eso, cuando se plantea el tema del racismo, y cuando se proponen acciones afirmativas y reparativas de esa experiencia perversa de la esclavitud, surge la crítica de que lo que estamos haciendo es imitar la experiencia de países como EE.UU.

C.R.G.: ¿Faltan  planes de acceso de  los afrocolombianos al sistema educativo y otros espacios?

A.M.: En el debate sobre las acciones afirmativas falta una comprensión de cómo funcionan ciertos fenómenos históricos. El daño de la esclavitud no concluyó con la ley de la abolición de 1851. Esa sería una manera de interpretar la historia bastante mecánica y, de hecho, ahistórica. Con la ley no desaparecieron los efectos de la esclavitud. Además, el Estado no hizo casi nada para que los sectores que la habían padecido lograran procesos rápidos de inclusión y de progreso en la Colombia de los siglos XIX y XX.

Ante eso, algunos replican que ha habido negros que han logrado estudiar y que cuando la gente se esfuerza, progresa. Pero ese es un argumento falaz, porque convierte la excepción en la regla. Lo que demuestra el hecho de que muy pocos lo hayan logrado, es precisamente que han existido unas estructuras que han impedido que muchos más pudieran hacerlo. Esas estructuras son heredadas de la esclavización, y no cambiaron con la República o la ley que abolió la esclavitud, sino que siguieron vigentes y consolidando las circunstancias desfavorables en que siguen viviendo estas comunidades.

C.R.G.: ¿Qué le dice la herencia cultural africana a la realidad colombiana de hoy?

A.M.: Hay un bello artículo de Manuel Zapata Olivella, en el que decía algo para reflexionar en esta época de recrudecimiento de la criminalidad en Colombia: que los pueblos africanos, traídos a América como esclavos, trajeron consigo una cosmovisión de profunda armonía del ser humano con la naturaleza, con los demás seres humanos y con los muertos.

Es la cosmovisión evidente en los valores comunitarios de lugares como Palenque, o muchas comunidades del Pacífico. O como en la Cartagena que yo conocía, donde el crimen violento era excepcional. Eso se ha ido perdiendo y habría que recuperarlo.

Otro ejemplo es el baile, que se ha folclorizado hasta el extremo, pero que tiene un papel fundamental en la construcción de las relaciones humanas, en el desarrollo de lo que alguien llamaba “la inteligencia del cuerpo”. También la música y la gastronomía colombianas, a las que tantas contribuciones han hecho los africanos. En fin: tantas cosas que están allí, esperando ser desentrañadas y recuperadas.

*Coordinador del Observatorio de Discriminación Racial (www.odracial.org).

Mayo 21, Día de la Afrocolombianidad

Como cada año, el próximo 21 de mayo se celebrará el Día de la Afrocolombianidad con eventos alrededor del país. Pero poco se sabe sobre el significado histórico de esa fecha. La razón de la conmemoración es el aniversario de la abolición de la esclavitud, ordenada por la Ley 2 del 21 de mayo de 1851.

Con ocasión del aniversario 160 de aquel hito histórico, la esclavitud y su legado son los temas de esta entrega de la serie “2011: Año Afro” de El Espectador y el Observatorio de Discriminación Racial, conformado por Dejusticia, el Proceso de Comunidades Negras y el Programa de Justicia Global y Derechos Humanos de la Universidad de los Andes.

Las cifras de la esclavitud

Según Alfonso Múnera, “los estudios sobre la esclavitud en Colombia están apenas comenzando”. Por eso, las cifras son incompletas y sólo permiten vislumbrar la magnitud del fenómeno. Se sabe que el primer barco del comercio esclavista que atracó en Cartagena fue el español Santa María de Guía, que en 1549 llegó al puerto con los 166 sobrevivientes de un grupo inicial de 224 africanos sometidos a la tortura del viaje transatlántico.

Enriqueta Vila calculó que, entre 1595 y 1640, los comerciantes portugueses trajeron forzosamente a Cartagena entre 125.000 y 150.00 esclavos. Algunos permanecían en el actual territorio colombiano, mientras otros continuaban el viaje para ser vendidos en Perú. De acuerdo con Germán Colmenares, cerca de 925.000 personas fueron traídas como esclavos a Hispanoamérica entre 1521 y 1807.

Fuente: El Espectador: http://www.elespectador.com/impreso/nacional/articulo-269836-esclavitud-un-trauma-fundacional

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La poesía que nace de la sinceridad, la conciencia y las emociones (desde El Norte de Castilla)

Desde El Norte de Castilla publican esta noticia:

La poesía que nace de la sinceridad, la conciencia y las emociones

Más futuro que nunca para la poesía sincera, valiente, que busca la emoción y la conciencia para llegar a los rincones del alma. Los jóvenes poetas que escriben en español fueron los protagonistas del Aula de Cultura de EL NORTE DE CASTILLA, que cuenta con el patrocinio de la Junta de Castilla y León y la Obra Social de la Caixa, en un bello acto, íntimo y cálido, que llenó de luz y sentimiento el Paraninfo de la Universidad.
Angélica Tanarro, redactora de Cultura y coordinadora del suplemento ‘La sombra de ciprés’ fue la encargada de presentar a los cinco poetas que han participado en el proyecto ‘Poesía ante la incertidumbre’ y que calificó como un acierto el nombre «porque la poesía es el mejor antídoto ante todos los problemas que vivimos. El poeta siempre tiene una manera distinta de ver la vida».
Fernando Valverde Rodríguez y Raquel Lanseros Sánchez (España); Andrea Cote Botero (Colombia); George Portillo, que firma como Jorge Galán (El Salvador) y Alí Calderón Farfán (México) eligieron dos poemas cada uno para leerlos al público.
Intervinieron en el mismo orden que aparecen en el libro y fue Jorge Galán el que inició la lectura poética con ‘Breve canto sin música’ y ‘Manantiales’ para reflejar una rica visión de la naturaleza, con una voz intensa y reflexiva. El poeta salvadoreño explicó después que también escribe poesía para niños y que «es un mundo que me resulta fascinante cuando les hablas de los personajes».
Humanidad y diálogo
Raquel Lanseros resume toda la filosofía del libro al escribir «’Poesía ante la Incertidumbre’ es una antología poética que reivindica la poesía que es capaz de emocionar y comunicar conciencias. En un tiempo de crisis e incertidumbre, la poesía puede y debe arrojar luz, humanidad, diálogo. Pretende aglutinar a todos aquellos poetas y amantes de la poesía que creen en la poesía que porta significado. La poesía que trata de conjurar aquello que nos duele y va indeleblemente unida a la búsqueda de la libertad, la justicia y el sentido de la existencia». Leyó ‘La libertad’ y ‘Beatriz’ y apuesta por ser joven «ahora y siempre».
Para Fernando Valverde esta edición publicada por la editorial Visor «es también un ejercicio de autocrítica. La razón por la que la poesía se lleva tan mal con el poder establecido es porque el poeta tiene siempre esa mirada crítica que los demás ocultan». Se decanta por un tipo de poesía «que siempre busca contar una historia» y dedicó el primer poema que leyó a su madre ‘La caída’ para acabar con ‘El lobo’.
La colombiana Andrea Cote expresó su alegría «porque el paisaje que he visto en el trayecto hasta Valladolid me recordaba mi jardín». Con ‘Laberintos’ rindió homenaje al amor con Teseo y Ariadna y acabó con ‘Desierto’ que habla también de la naturaleza y del respeto.
Alí Calderón reparó que «aquí en Valladolid se jugó el destino de América» y leyó ‘Otro’ y ‘Madrugada’, donde muestra la intensidad, la emoción viva como parte del juego de la luz y la oscuridad en el desarrollo de cada poema.
Tras un pequeño debate con el público, Raquel Lanseros apostó por «tender puentes para unir a los poetas de ambos lados del Atlántico por un idioma que hablan 500 millones de personas».
Carlos Aganzo, director de EL NORTE DE CASTILLA, cerró el acto augurando un gran futuro para la poesía y para los protagonistas del Aula «que expresan emoción, lírica y conciencia. Son lecciones de escribir con la verdad».

Fuente: El Norte de Castilla: http://www.elnortedecastilla.es/v/20110518/cultura/poesia-nace-sinceridad-conciencia-20110518.html

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Contra viento y marea (desde El Espectador)

Desde El Espectador publican este artículo:

Contra viento y marea

Verdaderamente Jesús, ante Allah, es como Adán. Lo creó de tierra, luego le dijo: ¡Sé! Y fue. Corán 3:359

En el inmenso patio interior de la mezquita de Maicao, la segunda más grande de Latinoamérica, docenas de jóvenes juegan basquetbol entre risas y trotes rápidos. Falta una hora para el llamado al último rezo de la tarde. Se escuchará, entonces, la voz quejumbrosa de un hombre —de espaldas a la entrada del salón sagrado— cuyo cántico triste será seguido por la llegada de hombres y mujeres: primero se despojarán de sus calzados, luego pisarán la alfombra de arabescos alargados, antes de tenderse e inclinar sus cabezas contra el suelo.

Durante la mañana, al igual que de lunes a viernes, 420 niños y adolescentes asistieron puntuales al colegio colombo-árabe Dar El Arkam, donde los hijos de los miembros de la colonia se mezclan con los de antioqueños, guajiros y, también, de la etnia wayuu. En los 90 la población estudiantil sobrepasaba los mil párvulos, pero la crisis y la reducción de la colonia han afectado las matrículas.

El hijo de Mohamed Aljammal y de Nura Mattar, Ali, de apenas siete meses de edad, no estudiará en el emblemático instituto árabe, pues los padres se irán pronto a Francia con el recuerdo de su natal región del Valle del Bekaa, en Líbano, y de las imágenes borrosas de almacenes con vitrinas vacías, calles rotas inundadas por baratijas y apartamentos que quedaron a medio construir.

Ali aprenderá en otro colegio de musulmanes que la palabra Islam significa paz, obediencia y sumisión de la humanidad a la voluntad de Dios, y que el hombre y la mujer que aceptan su soberanía y se rinden su voluntad serán conocidos como musulmanes; y no mahometanos, término erróneo y ofensivo al espíritu del Islam.

Nura, sin conocer el pensamiento ni las opiniones de Amer Dabage, dice que ella y Mohamed, su esposo, practican el Islam, pues el objetivo en la vida es hacer el bien. Por eso rezan sus cinco oraciones diarias —pese a que ella es sunita y Mohamed, chiita—, rechazan el terrorismo de Bin Laden, pero recuerdan que el líder de Al Qaeda trabajó con EE.UU. y lo que supo de terrorismo lo aprendió de las fuerzas armadas norteamericanas. “¿Dónde hay más terrorismo: en Osama bin Laden o en EE.UU.?”, dice.

Mohamed trabajó en China y habla cinco idiomas. Nura estudió inglés en Líbano y, mientras alista maletas, convive con su hijo y su esposo en el apartamento que tiene alquilado, Wafa Awada, su madre. Wafa viste las tradicionales prendas de las musulmanas, pero Nura sólo en ocasiones especiales. Como ahora, cuando dice que no cree que Bin Laden esté muerto, pese a que Mohamed afirma que sí. O cuando expresa que comparten  la molestia de sus gentes porque Bin Laden no fue sepultado según el ritual musulmán.

—Nura, ¿por qué no cree en la muerte de Bin Laden?

—Porque Estados Unidos muestra mucho lo que hace –responde–. Para ellos, Bin Laden es un triunfo, un trofeo. Y que no lo hayan mostrado, que lo hayan tirado al mar de esa manera, la verdad…

—¿Quién fue el autor o autores del atentado del 11 de septiembre?

—EE.UU. tiene que ver mucho en eso. No sólo los árabes lo sabemos, sino los americanos. Pero quieren echarles la culpa a otros. Hay un propósito claro: invadir países con petróleo.

Wafa Awada, quien asintió siempre las afirmaciones de Nura, apoyadas en sentencias de Mohamed, y en la súplica de que haya paz, decide acompañarme a la mezquita Omar Ibn Al-Khattab. En la esquina de un alargado mesón de madera fina está Amer Dabage, presidente de la Asociación Benéfica Islámica. Más acá, Maruan Ibrahim, y al frente suyo, Hassan Jomaa, experto en el Corán, cuyo libro abre una y otra vez entre sus manos.

Amer es un árabe amable y decente, pero ahora revela una desconfianza que se expresa en la mirada fija y en las primeras respuestas. Éstas son, apenas, monosílabos y tajantes “no señor”. Suda. Luego, su amabilidad aumenta y dice que forma parte de una colonia pacífica que se ubicó en Colombia desde 1900, la primera oleada, y después en 1940, año en que llegaron inmigrantes a Atlántico, Bolívar y Magdalena: “Los árabes aparecieron en Maicao en 1950. Trabajadores e integrados a la sociedad colombiana, dejamos huellas culturales y nos enriquecemos de la cultura guajira. Somos parecidos culturalmente”.

Horas antes del encuentro en la mezquita, Amer indagó, en su almacén, acerca del propósito de la entrevista, recordó las tergiversaciones de que han sido víctimas y habló de la entrega de un comunicado de prensa que lució escueto. Al fin y al cabo, sobre la colonia rondan también el fantasma de Bin Laden y los rumores de conexiones con el terrorismo de las alas extremas del Islam. Por eso, es enfático al decir que los dos mil descendientes de árabes que hay en Maicao —muchos nacionalizados y pocos con cédula extranjera— son una comunidad ejemplar que jamás ha tenido contactos con el radicalismo islámico.

—¿Hacia dónde va el pequeño mundo árabe de La Guajira?

—No pensamos salir. Aquí vivimos con nuestros hijos, muchos profesionales. Ya somos parte de la cultura guajira. Nos hemos integrado con nuestros hermanos wayuu y las colonias costeñas y paisas. Hay una integración total.

Al final agradece al pueblo colombiano por la paz que disfrutan en una región que se desperdiga a raíz del resquebrajamiento comercial. Él lo admite, pero recuerda que también son colombianos desde la segunda generación. Y remata con una especie de llamado al que también se suman Maruan y Hassan: la mezquita está aquí, abierta para todo el que quiera reconocer que Allah es uno solo, que Muhammad es su profeta y que el Corán contiene leyes a las que deben someterse.

Melancólico retrato

La presencia árabe en Colombia ocurrió por oleadas, la primera de las cuales llegó al país finalizando el siglo XIX. A mediados del siglo XX tuvieron lugar otras, que se extendieron por  Atlántico, Bolívar y Magdalena, en donde adquirieron gran relevancia política, cultural y económica, siendo éstas claves para que el país sea lo que es hoy.

Así, por ejemplo, se especializaron en el comercio y trajeron estrategias novedosas, como la venta a domicilio y a crédito.

Pero no sólo hubo colonias en la Costa Atlántica. Procedentes de Venezuela, aparecieron en Santander y Boyacá otros grupos de los que por ese entonces eran llamados erróneamente como “turcos” , debido a que ingresaban al país con pasaporte del Imperio Turco Otomano.

No pierden sus tradiciones

Pese a que están  completamente adaptados a la cultura colombiana, los árabes de Maicao, en La Guajira, mantienen también vivas sus tradiciones artísticas, gastronómicas, comerciales y hasta políticas.

Por ello no resulta  extraño encontrarse con que observen la televisión árabe para informarse sobre lo que ocurre en Oriente Medio, el mundo árabe e incluso en otras latitudes en las que ellos son minoría poblacional.

En La Guajira también están hermanados con la cultura indígena wayuu, con la cual dicen tener semejanzas que van desde las tradiciones orales, hasta su actitud frente a la vida y su forma de asimilar la cultura.

Fuente: El Espectador: http://www.elespectador.com/impreso/nacional/articulo-271133-contra-viento-y-marea

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