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Cuento: El Rey de Los Andes Colombianos


EL REY DE LOS ANDES COLOMBIANOS

Por: Juan Carlos Quenguan Acosta

Producción de Multimedia. Grupo: 84568

En las montañas del suroccidente colombiano existe un lugar, denominado el Nudo de Los Pastos; allá, cerca a la frontera colombo-ecuatoriana queda una gran montaña llamada Cumbal, donde se reúnen diferentes poblaciones de animales para contemplar la majestuosa vista del lugar. Los habitantes de los pueblos cercanos a la montaña, entremezclada de nevado y volcán, van hacia el lugar para sacar el hielo de la montaña y hacer unos ricos raspados de diferentes sabores. Los hombres de la región, luego de sacar grandes cubos de hielo, descansan y se ven atraídos al observar el paso diario de unas aves consideradas animales sagrados, nobles y descendientes de las grandes aves de Sudamérica, las denominan Reyes de Los Andes.

Hualpa era un joven cóndor perteneciente a esa monárquica bandada. Desde pequeño sus padres le mostraron que sus antepasados pertenecían a una noble familia real venerada por varias culturas indígenas de la región. Por tradición, para demostrar su nobleza y santidad, debían volar hacia las altas montañas despobladas de la gran Cordillera de Los Andes, sea el Chimborazo, el Huascarán ó el Aconcagua, para quedarse en el lugar por una semana y regresar con una compañera como su nueva pareja.

– ¡Algún día serás como tu padre! – Expresó la madre de Hualpa con gran emoción – irás a las grandes montañas del sur y conseguirás lo que quieres -.

– Pero mamá – replicó Hualpa en tono insistente – quiero ir al norte, para arriesgar y enfrentar mi propio destino, así me cueste la vida -.

La madre tomó las palabras del joven cóndor como locuras juveniles, sin saber que al siguiente amanecer en los alrededores del Cumbal, Hualpa decidió sigilosamente emprender su largo trayecto rumbo al Norte en busca de las altas montañas.

Aquella mañana, al levantarse la madre cóndor, con gran preocupación descubrió el silencioso escape de su hijo y supo que el atrevimiento de Hualpa lo metería en grandes dificultades.

En su vuelo, Hualpa miró con su gran vista la amplia vegetación y los espesos árboles del nudo de las montañas; sin embargo, notó que las montañas más altas carecían de nieve, algunas cimas tenían grandes cráteres. Su curiosidad lo llevó a parar en una montaña de color grisáceo oscuro, mientras recordaba la forma en que su padre Huayna identificaba y detectaba el olor de la carne de aquellos animales que entregaban las sobras de su ser para la supervivencia real. Mientras identificaba en el aire el olor de los cuerpos viejos y malheridos, Hualpa encontró algunos cuerpos de animales sin vida. Acercándose lentamente al manjar comenzó a comer, tal como su padre lo enseñó en el pasado.

Luego de descansar toda la noche en el cráter en la madrugada, Hualpa decidió continuar su vuelo junto a los primeros rayos de sol, continuando su ruta hacia al norte. Con gran sorpresa encontró a unos cóndores que volaban en dirección al sur, aprovechó en saludar.

Los dos cóndores adultos respondieron su saludo cordial y lo invitaron a bajar a una zona abandonada entre los cafetales; allá Hualpa aprovechó la oportunidad e inició mostrándoles su intención de ir hacia las altas montañas del norte.

– Muy interesante – expresó uno de los dos cóndores adultos – va por lo que quiere, aún así ¿decepcionará a su madre si no lo consigue? – indagó finalmente.

– Lo conseguiré, estoy seguro – manifestó airoso Hualpa.

– Mire, en el Norte están dos importantes montañas, más altas que éstas, una llamada Cocuy en donde vuelan varios cóndores de aquel sector. Otro, que es el más alto y más difícil de todos, es el considerado por los humanos como Santa Marta, ya que después de las grandes montañas del sur, es uno de los más altos y sagrados del norte, allí muy pocos cóndores fueron consagrados como soberanos de las montañas del norte – explicó el otro cóndor, ilusionando a Hualpa quien se encantaba con su imaginación.

– Pero no se ilusione – advirtió el compañero – ese lugar es peligroso, de ahí que los humanos de los alrededores de la gran montaña quieren matarnos, no sabemos la razón, siendo así, nuestros compañeros del Norte no se atreven en ir hacia aquella gran montaña -.

– Agradezco la advertencia, pero quiero cumplir mi objetivo – expresó Hualpa con una mirada fuerte y decidida -.

Los cóndores adultos se despidieron de Hualpa mientras éste alzaba el vuelo con rumbo al norte, divisando las altas montañas altas carentes de nieve. El panorama le ocasionaba escalofríos y decidió modificar su rumbo hacia el oriente, traspasando por la siguiente cordillera que allí se encontraba. Frente a una gran altiplanicie, llena de vegetación exótica, encontró una gran cantidad de animales que se asombraban al verlo, puesto que nunca habían visto un ave de tales características, de todos modos, quedaban maravillados con las grandes alas del espléndido animal. Era una experiencia grata para Hualpa quien majestuoso prosiguió con su vuelo.

Al siguiente día, Hualpa voló hacia el nororiente de la cordillera, pasando por una gran ciudad, extensa por lo largo y por lo ancho, luego sobrevoló hacia una sabana llena de cultivos de flores y de numerosos pueblos.

Cuando descansó en las colinas de un gran cañón al atardecer, vio a un cóndor hembra, cuyo rostro mostraba desconsuelo y dolor, al contemplarla Hualpa evocó el recuerdo de su madre, por la belleza que aquel cóndor hembra tenía a pesar de su condición. Decidió ayudarla con sus cuidados durante aquel atardecer y el resto de la noche.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó Hualpa.

– Me llamo Chía, vivo en este lugar y sufrí un accidente cuando intentaba comer algo que estaba en las riberas del río, pisé mal con mis patas con algo que rodaba. No sé si podré volar, ya que mis alas están lastimadas del golpe – respondió la joven cóndor.

– ¿A dónde ibas? – continuó indagando Hualpa.

– Iba al Cocuy, a esperar a un nuevo acompañante, si bien no me gusta esperar – confesó Chía.

– Si quieres, te llevo al Cocuy, me llamo Hualpa y vengo del sur – la respuesta de Hualpa dejó impresionada a Chía – si quieres te acompaño, solamente sujétate -.

Ambos jóvenes cóndores volaron al día siguiente en dirección al oriente hacia encontrar al atardecer al Cocuy, en donde descansaron cerca de un lago, al lado de los frailejones.

A la mañana siguiente, un grupo de cóndores llegó al lugar donde estaban Hualpa y Chía.

– ¿De dónde vienen ustedes? – preguntó el líder del grupo, quien era un cóndor adulto.

– Vengo del sur, me llamo Hualpa y ella se llama Chía, del altiplano de la sabana – contestó el joven cóndor.

– Si ustedes llegaron juntos ya son pareja – expresó el cóndor líder con gran seguridad – en este sentido ya no tienen que estar acá -.

– Un momento – interrumpió Chía – ¿quieren decir que Hualpa y yo somos… una pareja? -.

– Así es – respondió el cóndor líder.

Ambos cóndores jóvenes se miraron con asombro, posteriormente comprendieron que eran pareja.

– Me sorprende… – comentó Hualpa – si es como ellos dicen, con mucho gusto serás mi pareja… pero… – quedó extrañamente pensativo.

– ¿No me quieres? – cuestionó Chía – porque yo si te quiero -.

– Lo sé, también te quiero – respondió Hualpa – pero como te dije, mi objetivo no es el Cocuy, es la gran montaña de Santa Marta -.

La respuesta de Hualpa impresionó a todos los presentes.

– ¿Quieres conquistar esa gran montaña para ser el soberano del Norte? – preguntó una cóndor hembra que se ocultaba tras uno de los cóndores más grandes de la bandada, Hualpa aseveró levemente con su pico.

– Hace mucho tiempo que alguien quiere atreverse a conquistar esa gran montaña, ahora entiendo por qué haz venido del sur – comprendió el cóndor líder – si quieres hacer, hazlo, muy pocos cóndores han sobrevivido en conseguir tal hazaña, aún cuando hoy día hay dificultades a partir del páramo del norte, pero veo en sus ojos el valor de un soberano del sur -.

Hualpa se animó vivazmente y pidió a Chía que fuera su acompañante en la travesía, a lo cual ella aceptó con gusto. La pareja salió del Cocuy despidiéndose del grupo de cóndores, volando rumbo al páramo del norte, en donde descansarían por la noche.

La travesía al siguiente día fue agotadora, no solo por volar sobre las serranías del norte rodeadas por grandes extensiones de sabanas, donde quedan fincas de ganadería, sino también por el extremo calor que dominaba el sector, factor que afecto a Chía y obligó a la pareja volar hacía la cima de una de las bajas montañas de la serranía.

– Tienes que ser fuerte, estoy convencido que llegaremos pronto a nuestro objetivo – alentaba cariñoso Hualpa.

– Tengo mucho cansancio y miedo que nos ocurra algo… – manifestaba agotada Chía.

– No pienses así… – insistió Hualpa – sé lo peligroso que es esta zona, pero no puedo renunciar mi objetivo… ánimo Chía, juntos llegaremos a la gran montaña -.

Chía aceptó y antes de que un grupo de campesinos llegara a la baja montaña para matar a la joven pareja, considerados como carroñeros, la pareja logró huir, volando lo más alto posible, eludiendo las balas.

Cuando oscureció, la pareja miró a lo lejos una gran montaña, ambos se entusiasmaron y volaron velozmente hacia las faldas de aquella gran acumulación de tierra; allí descansaron por largas horas de la noche a la sombra de uno de los arbustos, sin saber que un grupo de humanos vestidos de trajes blancas los cogería para llevarlos cuidadosamente a un pequeño poblado lleno de chozas, donde los dejarían en una piedra cuya cima era de paja y realizaban rituales para bendecir a ambas aves.

Al amanecer, ambos cóndores se levantaron y con sorpresa observaron que eran admirados por un gran grupo de humanos. Eran indígenas cuyos rostros reflejan mesura y paciencia.

– Son totalmente diferentes a los otros humanos que hemos visto – expresó sorpresiva Chía.

– Creo que nos dejarán salir, ya que son respetuosos de nuestro entorno – aseveró Hualpa.

Uno de los indígenas los llevó cuidadosamente para que ambos cóndores admiraran la gran montaña, eso alegró bastante a Hualpa.

– No puedo creer – exclamó Hualpa – es la gran montaña -.

Chía, al mirar la gran montaña, se alegró. En este momento los indígenas los alzaron para que la pareja emprendiera su vuelo de ascenso hacia los altos picos de la majestuosa montaña. Haciendo grandes círculos, expresando alegría por alcanzar su anhelo más grande, mientras contemplaban a su alrededor, las enormes sabanas, los numerosos ríos, un vasto desierto y un gran mar azul. Después de volar, se quedaron en la parte alta de la montaña, cerca de la gran capa de nieve, entre las palmas y frailejones durante una semana. Transcurrido ese tiempo, los cóndores bajaron hacia el poblado de los indígenas, Hualpa fue consagrado por los mismos indígenas como el nuevo soberano de las montañas del norte. Pasando un día, los cóndores se prepararon para retornar hacia el sur, hacia El Cumbal.

La pareja, ahora con nuevo semblante, daban su recorrido de retorno, pasando por los lugares que dejaron rastro, saludando a varios de los animales en cada sector que pasaron y llegaron contentos al Nudo de Los Pastos, donde Chía se unió la nueva familia, al lado de su amado soberano. En el Cumbal, la madre de Hualpa los recibió con alegría.

– Perdóname madre… – excusó Hualpa.

– No tienes que pedir disculpas, eres el nuevo soberano de estas tierras y me alegra que hayas conseguido lo que sus antepasados hicieron en las altas montañas del sur – respondió la madre.

Hualpa presentó a Chía con su madre y todos vivieron mucho tiempo como familia real en los Andes Colombianos.

FIN

NOTA: Este cuento ganó en la fase distrital del Concurso Nacional de Cuento, Poesía y Arte Digital del “SENA” Servicio Nacional de Aprendizaje y representó a Bogotá en la final nacional de dicho concurso, del cual ocupó entre los cinco primeros puestos del mismo concurso en el año 2011.

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