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Los arroceros aprenden a vivir en un mundo con menos agua (desde La Silla Vacía)


Desde La Silla Vacía publican el siguiente artículo:

Los arroceros aprenden a vivir en un mundo con menos agua

El primer semestre del 2014 Óscar Pérez tomó la decisión de no hacer lo que lleva haciendo desde hace casi dos décadas. Contraviniendo su instinto de mediano agricultor, este cordobés de 47 años decidió pararle bolas al consejo que le dio un grupo de científicos: no sembró arroz en abril y tampoco sembró en mayo.

Nunca llegaron las lluvias que debían anegar el arroz en ese temprano 2014, dándole forma al espejo de agua en el que crecen -entre zancudos y libélulas- las espigas del cereal. En cambio, los arroceros de Montería y Cereté que sí sembraron lo perdieron todo. No cosecharon ni un bulto cuando vino agosto.

Él y los otros 179 productores que decidieron confiar en esos pronósticos climáticos -repartidos entre la región de Montería y la de Lorica- evitaron unas pérdidas que, sumadas, llegaban a unos 8 mil millones de pesos. Al menos ese es el cálculo que hacen, multiplicando los 4 millones que cuesta sembrar una hectárea con riego y las 2 mil hectáreas que se quedaron en tierra negra.

Un semestre después la historia se repitió, aunque con menor dramatismo. En vez de sembrar en septiembre y recoger en enero como siempre hacían, Pérez y sus vecinos aplazaron un par de meses: siguiendo los mismos consejos, solo cultivaron en noviembre y cosecharon en marzo.

“Salió perfecto: cogimos una buena producción y buenos precios”, cuenta Óscar, explicando que -dado que agarraron un momento en el mercado en que había poca oferta- vendieron la carga un 40 por ciento más cara. Y este año, el más caliente que se ha registrado en Colombia en toda su historia, todos volvieron a consultar a los científicos antes de hundir las semillas de arroz en el barro.

Esa experiencia muestra cómo los datos científicos están convirtiéndose -así sea todavía solo en estos pilotos- en una de las mejores herramientas que tienen los agricultores para adaptarse a la realidad del cambio climático que, como ha contado La Silla Rural, ellos ya están sintiendo fuertemente en sus parcelas.

Y cómo el Gobierno, si quiere realmente transformar las condiciones de vida en el campo para millones de campesinos -como plantean los acuerdos de La Habana- y convertir a Colombia en una potencia de producción de alimentos, tendrá que invertir en multiplicar esos datos y volverlos accesibles en los rincones más alejados del mundo rural.

En los últimos cuatro o cinco años las temperaturas han cambiado en todo el país y, con ellas, se volvieron locos los calendarios de lluvias a los que estaban acostumbrados los campesinos colombianos.

“Acá antes los aguaceros eran distribuidos: llovía cada semana, cada quince días. Ahora, cuando llega, llega de una vez -muchas veces en los meses en que menos te lo esperas- y cae salvaje. Lo pone a uno apurado a sacar el agua”, dice Roberto Botero, un agrónomo mientras camina por los bordes de un campo recién sembrado en el pueblo de Saldaña, corazón de la producción de arroz del Tolima y del país.

Esos cambios, que se han traducido en miles de cosechas perdidas y que han dejado a los agricultores en todo el país sin herramientas prácticas para entender cómo volver a ser productivos, subrayan uno de los mayores problemas que enfrenta Colombia en las próximas décadas.

El país tiene emisiones de gases de efecto invernadero relativamente bajas comparado con otros países pero es -como demostraron las devastadoras olas invernales de 2010 y 2011- muy vulnerable a los efectos del cambio climático. Y, por lo tanto, debe concentrar buena parte de sus esfuerzos -y de su plata- en adaptarse a esa realidad. Algo que hasta ahora está comenzando a pensar.

Esa es la razón por la que Colombia y un grupo de países aliados latinoamericanos promovieron fuertemente, como contó La Silla, que el nuevo acuerdo global para luchar contra el cambio climático -al que llegaron 195 países hace más de tres semanas en París- reconozca por primera vez la importancia no sólo de mitigar los gases de efecto invernadero lanzados a la atmósfera, sino también de gradualmente incluir compromisos en adaptarse a su impacto. Y aunque por ahora las metas en adaptación del nuevo tratado que reemplaza al de Kioto no serán obligatorias para los países, que aparezca es toda una victoria para los países en desarrollo.

Para leer completo este artículo, pueden ir al enlace de La Silla Vacía: http://lasillavacia.com/node/52478?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=El%2520pol%25C3%25A9mico%2520Icbf%2520del%2520Atl%25C3%25A1ntico%253A%2520fort%25C3%25ADn%2520de%2520los%2520Char

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