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Los mata la crisis de Venezuela: viaje por la nación wayuu (desde La Silla Vacía)


Desde La Silla Vacía publican el siguiente artículo:

Los mata la crisis de Venezuela: viaje por la nación wayuu

De unos meses para acá, los grandes medios nacionales se han volcado a La Guajira para registrar las postales del sufrimiento del pueblo wayuu, que ve morir a muchos de sus niños por desnutrición. En la lista de lamentos para explicar esta desgracia aún no se detalla el detonante: el colapso de la economía venezolana.

El país vecino, que acoge más o menos a la mitad de esta población, ha sido históricamente el generador del sustento para la nación indígena que, asentada sobre un territorio ocupado por dos repúblicas, no conoce fronteras. Venezuela les dio alimento y empleo ante la implacable sequía y el infame olvido del Estado colombiano. Pero la crisis y el desabastecimiento que se empezaron a sentir con fuerza desde hace más o menos tres años hoy han resultado en este acabose, afectando principalmente a los menores.

Las fuentes de ingreso se han reducido y los alimentos que, debido al contrabando, antes se conseguían a precios absolutamente inferiores a los de los colombianos hoy escasean y los pocos que hay se han encarecido. Durante tres días y dos noches, recorrimos la parte alta y media de la península para entender el drama que azota a una comunidad que puede sumar perfectamente un millón de personas.

El viernes pasado, un día después de esta reportería, se realizó una junta de palabreros, una de las instancias más importantes de los wayuu, en la que uno de los mayores dijo que en esta tragedia tenían que ver “los dos presidentes de Venezuela y Colombia… Tanto los de la Guajira baja, como la Guajira media y la Guajira alta: todos trabajamos allá (en Venezuela)… No necesitábamos de nadie “. Su nombre es Sergio Cohen Epiayú.

Primera parada. “Vea, esto es un desastre. Ya no tenemos qué comprar, nos permiten máximo dos kilos de cada cosa por persona y en mi casa hay siete niños que atender. Claro, ¿qué se deja para nosotros si a los arijunas (no indígenas) les toca hacer colas de cuatro horas para poder comer?. Además todo es caro. La cosa está fea, fea, y los paisanos se están devolviendo. A eso súmele la violencia. Los soldados se pasan por la noche a maltratar, a hablarle mal a la gente, a quitarte lo que tienes porque les da la gana. Con decirle que hace cinco meses hubo dos muertos: un hermano y un tío…”.

A Oniris Ramírez, una indígena rolliza y triste de la casta Epiayú, las palabras le brotan como agua en una fuente. Parece que llevara toda la vida sentada en este pedazo de tierra olvidada, únicamente esperando a quien poder contarle la tragedia de su gente.

Sí, claro: se refiere a Venezuela. Estamos apenas a unos 10 minutos a pie de pararnos sobre tierra venezolana y a media hora en carro de la localidad de Paraguaipoa, en el extremo norte del vecino Estado Zulia.

Wimpeshi, como se llama este corregimiento de alrededor de 800 personas dispersas en rancherías de arcilla y cardón, está lejos de la ruta turística y mediática de Uribia, el extenso municipio guajiro que concentra el penoso drama de la comunidad wayuu del que hoy habla todo el país.

A punta de noticias sobre las muertes infames de niños indígenas por desnutrición, este pueblo ancestral nos ha recordado a todos que existe. Mejor dicho, que muere. Y que lo hace por donde más duele. Lo que no se sabe a ciencia cierta aún es el número de menores fallecidos. Una cifra increíble cuyo origen desconocen en el Ministerio de Salud y en el Instituto de Bienestar Familiar asegura que son 4.700 en los últimos cinco años. El mismo dato para el Gobierno es de 179. El subregistro podría explicar la diferencia, y lo más seguro es que sean más de los que se reportan oficialmente, pero a muchos conocedores el otro dato les suena excesivo. Lo ha dado una asociación llamada Wayuu Shipía Wayuu, que impulsó las recientes medidas cautelares que dictó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos al Estado para proteger a los indígenas

En cualquier caso, el registro de los medios destaca el abandono estatal. Los wayuu malviven en un mundo agreste que no tiene vías ni servicios públicos e históricamente no ha contado con educación o salud decentes. La corrupción que se ha llevado recursos de transferencias, regalías y alimentos para los niños se sumó de unos cinco años para acá a una sequía sin antecedentes, lo que llevó a esta tragedia, se explica en general.

El relato de Oniris señala también hacia otra esquina importante de la escena. Hacia la esquina de Venezuela.

“Mire, para los wayuu siempre fue más fácil la vida allá. Muchos paisanos se fueron a trabajar en oficios domésticos, en albañilería o en las haciendas ganaderas y de allá mandaban a sus familias, pero hoy la mayoría ha quedado sin nada por todo lo que ha pasado allá, y en eso ya llevamos tres, cuatro años. Esto no viene desde el cierre de la frontera sino de antes. Vea, esto es un desastre”, repite minutos después de haber presentado a su madre, Genoveva Ramírez.

Con una mezcla entre español y wayuunaiki (la lengua wayuu), la matrona Genoveva, que tiene 66 años y parió siete hijos, cuenta que por cercanía y precio su comunidad siempre se ha abastecido de víveres en Paraguaipoa y en otra población venezolana cercana llamada Los Filúos. Ella misma cruza la línea fronteriza para mercar más o menos una vez a la semana. Pero hoy un kilo de arroz que antes costaba 150 bolívares se consigue en mil, y las artesanías y el pastoreo del que han vivido toda la vida no dan para tanto.

El duro coletazo del colapso del sistema de abastecimiento alimentario en Venezuela, que se empezó a sentir hace unos dos o tres años, complejiza aún más la explicación de la muerte de los niños.

Aunque en la práctica para los wayuu -que cuentan con derecho ancestral a cruzar- y para muchos comerciantes -que siguen trayendo mercancía ilegal por caminos como el de Wimpeshi- el cierre de la frontera no existe, sí hay un aumento en los controles de la autoridad venezolana desde que en septiembre pasado el presidente Nicolás Maduro ordenó el cierre del paso fronterizo en Paraguachón y Zulia. Eso dificulta la situación en corregimientos limítrofes como este, porque a la crisis económica se suman quejas por atropellos.

En realidad, para la vieja Genoveva y su familia se trata de mucho más que un simple atropello. Las Ramírez Epiayú denuncian que justamente en septiembre de 2015 soldados venezolanos mataron a Élber Ramírez (25 años, hijo de Genoveva) y a Henry Ipuana (26 años, tío de Oniris por parte de padre) cuando regresaban de la conmemoración del “cabo de año” (primer aniversario de muerte) de un primo en un cementerio que está en territorio vecino.

Envuelta con su señorial manta guajira y un pañolón en la cabeza para protegerse del sol, la misma Genoveva camina conmigo hasta más allá del mojón que marca el comienzo de Venezuela para señalar el camino en el que le dispararon a su hijo. “Eran dos soldados, llegaron en motos y pararon el carro en el que venían siete niños. Ellos decían que los dos muchachos estaba muy alzaos. Y ahora ven a mi hija y le dicen que a su hermano lo mataron por ladrón y contrabandista, cosa que no es. Nada de esto hubiera pasado en el Gobierno de (Hugo) Chávez. Con el Gobierno de Chávez las cosas eran muy diferentes”.

Para leer completo este artículo, pueden ir al enlace de La Silla Vacía: http://lasillavacia.com/node/53174?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=Las%2520cuatro%2520patas%2520de%2520La%2520Silla%253A%2520la%2520pereza%2520de%2520Cambio%2520no%2520es%2520con%2520la%2520paz%2520y%2520el%2520acto%2520final%2520del%2520Fiscal%2520Montealegre

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