Cuento: Peligroso mandado.


PELIGROSO MANDADO 

Por: Juan Carlos Quenguan Acosta 

 

—Las calles son peligrosas por la noche —dijo el padre mientras miraba con su hijo una serie animada en el televisor, sentados sobre el sofá de la pequeña sala. 

La casa donde vivían era una edificación antigua de tejado artesanal. Siguieron viendo en silencio, concentrados en el episodio de la animación. El padre estaba agotado de su trabajo como prensista de una lavandería ubicada al sur de la ciudad; el trayecto era largo. 

—Después de que te gradúes de bachiller, montaré un asadero de pollos, para que comiences en manejarlo, ¿te gusta la idea? —habló el padre. 

—Sí papá, pero… también me gustaría colaborar en las labores de los líderes comunales… 

—No. Lucho, tu madre ya te había dicho que no te metas en esos asuntos. Todos ellos viven amenazados por esas pandillas. 

—Pero no tengo que meterme en todo —aclaró el hijo—, ¿podría trabajar en la Junta de Acción Comunal y organizar las Fiestas de Reyes? 

—Nada de eso, Lucho. Más bien dedícate a tus estudios.  

Molesto, Luis se levantó del sofá, caminó hacia su pequeño cuarto y se encerró. 

A la noche siguiente, el padre llegó exhausto de otro día laboral, fue hacia la cocina donde la madre estaba preparando la cena, cogió una de las sillas plásticas rasgadas para sentarse en ella y descargar su maleta de cuero encima de la mesa cuadrada de madera oscura de manchas ocasionadas por agua y jabón. 

— ¿Cómo te fue “pecucho”? —preguntó sonriente la madre. 

—Bien, gracias a Dios —respondió el padre. 

—Supe por los vecinos que los jóvenes del barrio quieren dialogar con la comunidad este domingo en la iglesia —dijo la madre mientras servía en un plato mediano la cena de arroz y frijoles con chicharrón carnudo. 

—Qué bueno por ellos… Lo que me preocupa es: ¿si esas pandillas de verdad quieren arreglar el barrio? Porque lo dudo mucho. 

—Sí, y me preocupa que Lucho sigue insistiendo en meterse con ellos. 

—Lo sé, ayer le dije que no. 

—A propósito… Voy a llamarlo para que me haga un mandado.  

La madre salió de la cocina y caminó, pasando por dos pequeños patios conectados por cinco escalones de cemento, cuya capa de rojo carmín era destrozada de a pedacitos  por el paso de las lluvias; hasta llegar al pequeño cuarto donde estaba Luis. Parada al frente de la puerta metálica recién pintada de blanco por la marcada de la desgastada brocha, golpeó tres veces con los dedos. 

— ¡Lucho! Necesito que me haga un mandado. 

— ¡Ya voy mami! —contestó el joven. Estaba haciendo una tarea que había dejado la profesora del Liceo. 

Pocos minutos después, Luis abrió la puerta y caminó a pasos largos hacia la abierta puerta de la cocina, para quedar en frente de ella. 

—Buenas noches papá. 

—Buenas noches Lucho, ¿cómo te fue en el Liceo? 

—Muy bien, estoy contento porque me han dado muy buenas calificaciones, ahorita estaba terminando con la tarea de sociales. 

—Está bien que seas aplicado y disciplinado… —felicitó el padre. 

—Necesito que me hagas un favor… —dijo la madre— Quiero que compres quinientos de pan, para el desayuno de mañana. 

La madre secó sus manos mojadas de preparar el arroz con la toallita de la cocina, metió su mano derecha al bolsillo de su pantalón y sacó unas monedas para entregarlas a Luis. 

—Por supuesto mamá. 

—Espera Lucho —pidió su padre—, yo también quiero que me compres quinientos de mogollas negras, de las que más me gustan. 

El padre sacó del bolsillo izquierdo de su chompa una billetera ejecutiva, después buscó un billete de mil pesos, lo sacó y se lo entregó en las manos de Luis. 

—Perfecto papá. 

—Pero me da las vueltas. 

Al instante, Luis cogió las monedas de la madre y las entregó al padre. 

— ¿Así está bien?  

—Bien. 

El joven salió de la cocina, con pasos largos cruzó los dos patios y bajó por los escalones hacia el portón metálico, pintado de rayas blancas y azules, marcado por dos pequeños agujeros, para abrirlo dejando el portón a medio abrir, luego bajó corriendo por la inclinada calle empedrada, pasando por cinco casas antiguas de paredes blancas, manchadas de letras oscuras y deformes de aerosol que sólo expresaban los jóvenes del sector. 

Al ingresar a la tienda sin nombre, el joven miró de reojo los productos clasificados en los stands de madera, que estaban desde mediados del siglo XX. 

—Buenas noches don Vicente, ¿me puede dar quinientos de pan y quinientos de mogollas negras? 

—Con mucho gusto —respondió el tendero de bigote y cabello blanco con amabilidad, aspecto incomprendido por los jóvenes del sector, pero lo admiraban. 

En ese momento, Luis se percató que al frente de la calle empedrada caminaban a pasos largos cuesta abajo un grupo de cinco adolescentes. Portaban camisas oscuras y los jeans les cubrían los zapatos deportivos blancos manchados de color terracota. Se murmuraban serios con tonos desafiantes, como si no les gustaban lo que les ofrecía la vida. 

En casa, los padres de Luis continuaban hablando de su hijo. Recordaban el diagnóstico de discapacidad cognitiva leve, que años atrás el médico había dado del niño; preocupante razón para temer que Lucho no comprendiera los peligros de meterse con los líderes comunales. 

Mientras tanto en la tienda, Vicente empacaba los panes frescos y las mogollas duras en una bolsa plástica de rayas pasteles. Después, se la entregó a Luis, quien a su vez dejó el dinero en las manos arrugadas del tendero. 

—Gracias don Vicente —dijo Lucho. 

—De nada y saludos a su papá. 

El joven se disponía a salir de la tienda, cuando escuchó un disparo que lo hizo arrinconar hacia la puerta. Luego sonaron otros tres disparos y el zumbido que dejó el vuelo de las balas. 

Alarmado, Vicente salió del mostrador y cogió a Luis por el brazo izquierdo. 

— ¡Rodrigo! ¡Cierra la puerta! —gritó Vicente. 

Apareció corriendo un adolescente, salido de cenar y cerró la puerta de la tienda con brusquedad. Lucho intentó soltarse de la mano fuerte del tendero. 

—Es peligroso, no salga —le advirtió Vicente. 

—Tengo que ir a mi casa y entregar este mandado a mis papás —gritó Luis asustado. 

— ¿No ve que lo pueden matar? 

Luis no sabía qué hacer, se tiró al piso sin soltar la bolsa con los panes y las mogollas. 

Cinco minutos después, tras el correteo de los jóvenes pandilleros, la calle quedó vacía. En ese momento, Rodrigo se asomó por una ventana con barrillas oxidadas y revisó a lado y lado de la calle. 

—No aparece nadie —dijo Rodrigo. 

—Acompañe al niño hasta la casa —pidió Vicente. 

Rodrigo cogió un palo de escoba para defenderse, aunque no habría servido para detener una bala; fue a la puerta, la abrió e invitó a Luis para que lo acompañara. 

Ambos salieron de la tienda y caminaron cuesta arriba por la calle empedrada hacia la casa, donde los padres de Luis lo esperaban angustiados. Cuando lo vieron entrar, lo abrazaron y lo ingresaron a la casa. 

—Muchas gracias por acompañar a mi Lucho —agradeció la madre a Rodrigo. 

—No hay de qué señora, con permiso. 

El padre entró a su cuarto. La madre cerró la puerta con llave y pasador, mientras tanto Luis subió por las escaleras, pasó por los patios hasta llegar a la cocina, dejando los panes por encima de la mesa. Después llevó la bolsa de las mogollas a la pieza del padre, quien estaba sentado sobre la cama. 

—Papá, aquí están las mogollas que me encargó. 

— ¿Si ves por qué no puedes meterte con los líderes del barrio?  —preguntó serio el padre, sin mirar a su hijo. 

Luis dejó la bolsa en la cama de su padre y sin decir una sola palabra, salió de la pieza, caminó hacia su cuarto, cerró la puerta y se sentó al borde de su cama. 

Dos minutos después, la puerta del cuarto de Luis se abrió, era la madre, se acercó a su hijo, se sentó a su lado derecho y lo abrazó con fuerza contra su pecho. En ese momento, Lucho estalló en llanto. 

—Lucho, tú no tienes la culpa —dijo la madre— Tu padre lo hace por tu bien. 

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