Editorial Bagatela: ¿Qué espero de mi ciudad?


¿QUÉ ESPERO DE MI CIUDAD?

Por: Juan Carlos Quenguan Acosta

 

De niño, tenía la mentalidad en que el norte de Bogotá comprendía desde la calle 26 hacia los límites con el Centro Vacacional CAFAM, pensando que los residentes del centro, occidente y sur no teníamos condiciones para poder vivir en ese sector, donde vivían dueños de grandes empresas, estudiantes de universidades extranjeras y lugares lujosos para comer, hacer deporte o entretener, y de la misma forma, viajar a diferentes ciudades del mundo, considerando que tienen mejor desarrollo y progreso que la misma Bogotá.

Uno viene desde cualquier región de Colombia para buscar nuevas oportunidades de estudio y empleo, dejando atrás la educación y la cultura tradicional regional que recibía en la vereda, corregimiento o municipio. A raíz de las situaciones adversas de política, economía y orden público, la mirada del campo a la ciudad era de salvación escondida en una selva de cemento, ladrillo y concreto.

El lugareño migraba del campo, dejando atrás no sólo las amenazas, abusos y robo de tierras por parte de personas con mayor poder adquisitivo, sino también de aquellos recuerdos rememorados, vividos durante la niñez y la juventud, de aquellas madrugadas para realizar su labor agrícola y ganadera, de escuchar los sonidos emitidos de los vecinos del ecosistema ambiental y de tocar con las yemas de sus manos aquellas gotas del rocío en las praderas de las llanuras o de las montañas.

En el campo se podían sembrar y cosechar frutas, verduras y legumbres en las fincas de sus antepasados, además de pescar en tamaños y cantidades suficientes para satisfacer a una familia numerosa y de sacar los huevos, la leche y la carne del avícola, el bovino y el vacuno.

Lo aprendido en el campo fue de difícil aplicación en la capital de la República de Colombia, un lugar donde abrió sus brazos a los emigrantes del agro para brindarles algo, sí, ese algo que pudiera beneficiar al soñador despierto para lograr sus oportunidades, a cambio de que el mismo soñador mostrara su capacidad de sobrevivir en la ciudad.

El emigrante llegaba para iniciar su labor como conductor de taxis o de buses bombeados de combustible fósil, o para realizar artesanías y artes en las reconocidas calles, carreras, diagonales, transversales y avenidas, expuesto ante las miradas depredadoras de los opresores de la inseguridad, o para ser cocinero o mesero de algún restaurante o de comidas rápidas, o de ser un operario o auxiliar de bodega de alguna multinacional, o de ser un vigilante de seguridad de algún edificio, ganando lo poco de un salario mínimo.

Los hijos de los soñadores que nacieron en algún lugar de Bogotá, como yo, fuimos atraídos por aquella modernidad urbana, representada en las localidades del norte: Chapinero, Teusaquillo, Suba y Usaquén, asimismo de lo más reciente cerca del Aeropuerto El Dorado, en los límites entre Fontibón y Engativá; varios desconocieron la identidad regional y rural de donde vinieron sus padres, buscando en las tendencias contemporáneas de arte, cultura, deportes y pasatiempos, provenientes de países norteamericanos, europeos y asiáticos.

La generación de jóvenes quería establecer su visión personal, su estilo de vida, para dar sus propios pinitos y granitos la construcción de una nueva Bogotá moderna, con base de lo que ellos denominarían como las ciudadanías de mucho mundo, libres de fronteras visibles e invisibles y con las intenciones de conquistar mundos incomprendidos, desconociendo las diversas manifestaciones culturales materiales e inmateriales.

Sin embargo, varios de la presente generación con escasos recursos fueron atraídos por modos y formas del dinero fácil, ya que, no soportaban el estado social y económico que vivían sus padres, por la educación básica primaria y bachillerato de estilo clásico que no llenaba sus ambiciones y pretensiones de conquistar mundos, y del descontrol de sus propias vidas al estar expuestas ante las ofertas de la violencia de pandillas, sexo y drogas alucinógenas; causales que hundían al vacío de la indiferencia, los celos, el odio y el rencor.

Bogotá pasó de ser una ciudad compacta en los siglos XVII, XVIII, XIX y comienzos del XX, a ser una ciudad extensa que por leyes y decretos crecía, absorbiendo municipios cercanos, desmenuzando sus esencias e identidades municipales, convirtiéndolos como simples localidades que hoy día tienen historia, pero carecen de autonomía.

La Candelaria, localidad histórica que atrajo a la población flotante por la cultura, el arte, la educación de diferentes grados, el patrimonio cultural de bien mueble e inmueble y el turismo, también atraía la inseguridad en forma de robos, extorsiones, asesinatos, control de fronteras invisibles por bandas y la trata de blancas que incentivó al trabajo sexual.  Por su lado, los centros históricos de Usme, Bosa, Fontibón, Engativá, Suba y Usaquén, fueron invisibles ante la búsqueda comunitaria y social para hallar sus verdaderos patrimonios culturales.

Ante todo, considero que no hay que esperar en que otros hagan por mi ciudad, es hora de actuar como ciudadano, de revivir nuestras historias barriales y locales que han añorado los adultos mayores, verdaderos expositores de una Bogotá histórica con sus identidades y contrastes.

Es hora de que aquellos jóvenes mestizos que se identifican como artesanos urbanos o artistas callejeros, quieran rebautizar los lugares con nombres de lengua chibcha y que a la vez desean ser el nuevo pueblo muisca, cuidando la naturaleza de sus antepasados para mitigar el impacto ambiental del calentamiento global.

Es hora de que la multiculturalidad de todas las comunidades existentes sea tolerada, respetada y reconocida por el distrito, el estado y el sector privado, con ello, redefinir una metrópoli con mutuo acuerdo, resaltando el sentido común con la región campesina y con la región ambiental del Altiplano Cundiboyacense, de la solidaridad y el valor comunitario con nuestros seres queridos, prójimos y semejantes.

1 comentario

Archivado bajo Actualidad, Ambiente, Campesinos, Colombia, Comunidades, Controversia, Cultura Colombiana, Debates, Editorial Bagatela, Noticias y artículos, Seguridad

Una respuesta a “Editorial Bagatela: ¿Qué espero de mi ciudad?

  1. Juan Carlos muy interesante y gracias por este articulo, una visión desde las raices

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